¿Por qué 2 de octubre no se olvida?

 

Se cumplen 50 años del movimiento estudiantil de 1968 y, tal y como dicta la consigna: “el 2 de octubre no se olvida”. Y es que ¿Cómo olvidar la tristemente célebre manera en que terminó el movimiento? Y, más que olvidarla ¿Cómo explicar la brutalidad con la que actuó el Gobierno? ¿Cómo explicar el “bazucazo” a la prepa 1? Sí, ¡un “bazucazo”! ¿Cómo explicar que se haya decidido masacrar a una generación para solucionar el conflicto? Tal vez para encontrar un por qué, debamos pensar en la naturaleza de movimiento, en sus demandas y en el contexto histórico en el que ocurrió.

Para los sesenta, el sistema político mexicano se había constituido como un régimen de gobierno en el que el partido político hegemónico (PRI) liderado por el presidente en turno, ya fuera mediante la cooptación o la represión, ejercía su control sobre todos los sectores de la población: militares, obreros, campesinos, sectores populares, etc.

El Partido hegemónico controlaba también la mayoría de los medios de comunicación, mediante los cuales ejercía su control ideológico y dictaba lo que estaba bien y lo que estaba mal, extendiendo su dominio así hacia la cultura y los valores sociales y familiares.

Sin embargo, aunque lo intentaba, había un sector al que no controlaba del todo y que se tornaba en una especie de olla de presión que no soportaría más al autoritarismo estatal: Los estudiantes.  

En estas fechas han corrido ríos de tinta en torno a los sucesos de 1968, por lo que no nos detendremos en la crónica. Pero si buscamos una respuesta concreta sobre los objetivos del movimiento debemos remitirnos necesariamente a lo que se constituyó como su pliego petitorio:

1.- Libertad de todos los presos políticos

2.- Supresión de los delitos de disolución social, contenidos en los artículos 145 y 145 bis del código penal.

3.- Destitución del jefe y subjefe de la Policía Preventiva del DF.

4.- Indemnización a las víctimas de los actos represivos

5.- Supresión del cuerpo de granaderos

6.- Castigo a los funcionarios responsables de actos violentos contra estudiantes

Además, exigían dialogo y negociaciones públicas.

Así pues, basándonos en el pliego petitorio que atacaba tanto a los aspectos jurídicos como a los aparatos coercitivos con los que la autoridad reprimía, el movimiento estudiantil de 1968 fue ante todo un movimiento antiautoritario y democrático en el que los estudiantes irrumpieron en la vida política en un contexto en el que el autoritarismo del PRI no estaba dispuesto a permitirlo. 

Resulta también que al igual que sucedió en otros países por esas mismas fechas, ese cuestionamiento de la autoridad política se extendió a otras relaciones autoritarias como las de familia, entre sexos, maestro-alumno, entre generaciones, etc. Y, por otro lado, ese rompimiento con el sistema se vio reflejado incluso en la manera de hacer política en el seno del CGH, se optó por la democracia directa, el asambleísmo y el diálogo público, métodos que pese a sus costos, están cargados de una gran significación moral y de los que a la fecha siguen siendo herederos los estudiantes universitarios.

Es decir, lo que nos enseñó el movimiento del 68 es que para el poder autoritario cualquier fractura, por pequeña que sea, puede llevar al derrumbe de la estructura entera, y esa represión a la que se recurrió no hizo más que evidenciar el terror causado por un movimiento de tales características.

Lo que pocos imaginábamos, es que cincuenta años después, generaciones a las que se consideraban como apolíticas y sumergidas en el hedonismo propio de nuestros tiempos, volverían  a salir a las calles, a hacer paros, asambleas, a cuestionar al sistema ¡Vivan los estudiantes!

 

Con información de Ricardo Rivas/Diana Rojas y UNAM Global 

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